Cansado de la vulgaridad cotidiana, compró casa en París, con la ambición de olvidar un pasado lleno de soledad y abstinencia, sumido en el compromiso de la rutina y de una vida que se llenó de una tranquilidad insoportable.
En sus cartas de despedida notaba la nostalgia y a la vez la alegría de por fin liberarse de el yugo matrimonial, queriendo desde pequeño llevar una vida libre y mundana.
Poco a poco, mientras escribía en su diario personal cómo su día pasaba, en las noches se convertía en una persona totalmente diferente.
A la par de una cazador o caza recompensas, salía a las 6 de la tarde en busca de un café que lo mantuviera con la energía que sus 38 años ya no le permitían tener, para que a las 8 saliera por las calles de París a buscar una mujer que tuviera una cualidad que lo aturdiera.
Casi siempre todas entraban a un bar, y a pesar de que ya era mayor, su rostro continuaba la juventud, sin arrugas más que unas comisuras en los costados de los labios.
En cuanto conseguía su atención, la invitaba a beber, mientras la seducía lentamente susurrándole al oido los deseos que lo desvelaban en las noches de calor en su casa anterior, acariciando lentamente su muñeca y subiendo por el brazo tan delicadamente que generaba un espasmo fugaz.
Finalmente bajo la posesión del alcohol en la cabeza aceptaban a pasar una noche, que posiblemente no olvidarían, a menos que el alcohol ayudara a dejar de lado lo trivial y concentrarse en un completo y sincronizado temblor corporal, dejando deslizar el sudor por las espaldas y arañando el cuerpo opuesto, las caricias y las miradas apasionadas que hacían detener el tiempo y hacer duradero el momento, seguido de leves mordidas y exclamaciones sin sentido.
Pasaron los meses, y fue feliz en su momento. Pero el tedio y las constantes llamadas a los días siguientes fueron su calvario en los días que siguieron. Mujeres lo saludaban en la calle y él no entendía por qué, mientras que quemaba su memoria tratando de recordar en los miles de kilómetros que recorrió en tan solo su cama.
Sus ojos se comenzaron a apagar, y el castigo del pasado lo comenzó a acechar día y noche, reconociendo que se sentía vacío y desolado, que su vida, la que creía que era una rutina molesta, y que su viaje de liberación sería su salvación, se convirtió en un paseo de ultratumba que no lo dejaba en paz.
Su destino se tornó borroso. Olvidó la hermosa complejidad de la mujer y se fijó solo en su centro de placer, su necesidad y no la contraria. Se convirtió en un Hedonista extremo, abusó de su placer y el egosimo lo abrasó como las llamas que queman los cimientos de una fortalez hogareña, fortaleza que perdió y ahora en su soledad se lamentaba.
Miró a través de su ventana, la luna se ponía en su punto más alto. Tomó su chaqueta, bebió un trago de whisky y se fue.
Continuará…
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