A veces me sobra el tiempo. A veces me falta el tiempo. Otras veces, no necesito el tiempo, y otras veces, por favor, que no exista el tiempo.
Porque a veces es necesario tenerlo, y a veces es totalmente inoportuno y atrevido, abusando de su presencia e irrumpiendo en la belleza total y se convierte en casi que el enemigo invisible del humano. Y después de irrumpir, sólo queda tener el recuerdo, maldecir al tiempo por ser un desocupado y desgraciado factor. Que hace que los días sean largos y que las semanas sean eternidades, que los años sean vidas y las vidas mil de ellas.
Sí, el tiempo es un hijueputa. Pero, de no ser por él, no sería capaz de entender cómo mi vida sigue, y la vida de la gente sigue, cómo sus rutinas pueden llegar a cambiar y como cada día puede ser la experiencia más emocionante y hermosa. El tiempo es el peor enemigo que el hombre puede tener, pero, cuando se vive y nos permite tener la gran incógnita de lo que el día de mañana tendrá preparado, se convierte en el mejor y más grande hipócrita amigo que se pueda tener
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