Nevaba.
Era el invierno más frío que había pasado en Canadá desde hace varios años.
Había llegado con
sus maletas a un hotel, a una media hora de Toronto. Fue bien recibido en la
recepción, mientras que la mujer que atendía buscaba afanadamente alguna
habitación, pues el hotel estaba lleno de personas que habían parado a cubrirse
de la tormenta.
Finalmente, la mujer
de rasgos asiáticos le entregó una llave con la habitación número 1410. Tomó
sus maletas y se encaminó al ascensor, donde se topó con una anciana de rasgos
extraños. Ojos rasgados, nariz respingada, cabello corto y negro, piel
amarillenta y unos dientes que dejaban rastro de un exceso de cafeína en ellos.
“Tiempo sin verte”,
dijo la anciana. Él, patidifuso de las palabras que acaba de pronunciar aquella
extraña mujer, intentó hacer memoria de su rostro, pero vagamente recordaba
haberla visto alguna vez.
Al llegar a su
destino, salió rápidamente del ascensor y fue a su habitación. Al entrar,
encontró que su habitación tenía espejos por doquier, cosa que le perturbaba un
poco, pero que intentó ignorar.
Estaba cansado, así
que bebió un vaso de whisky y se echó a dormir en la cama. Un sueño extraño le
atormentó la noche entera, una sombra le seguía. Despertó, 6 de la mañana,
octubre 14.
Se levantó y no
había ni un solo ruido en el hotel. ¿Acaso había terminado la tormenta?, vio
por la ventana y notó que aún nevaba horriblemente. Su aspecto era fatal,
estaba pálido, barbudo, y el pelo corto, pero desordenado.
Soltó un grito
ahogado al ver a uno de los espejos de la habitación al notar verse a él mismo,
pero con el pelo largo y barba afeitada, flaco, más niño.
Sentía que estaba
enloqueciendo y corrió fuera de la habitación, dirigiéndose al ascensor y luego
al bar del hotel. Todo era calma.
Al llegar al bar, un
hombre de cabello liso, castaño y abundante, de baja estatura, piel rojiza y
arrugada, lo miraba fijamente con unos ojos extremadamente azules.
Sonreía mientras
decía “Se le ve pálido, amigo. ¿Qué le pasó?”, tardó en responder, viendo algo
familiar en su rostro, como si lo hubiera visto en alguna otra persona alguna
vez.
“Nada, mal sueño, viejo.”
“Ah, le regalo uno
para que se le olvide”. Bebió el nauseabundo aguardiente que puso al frente de
él. Le provocó malestar.
“¿Sabe? Yo a usted
lo he visto en algún lado…” Decía el mesero
mientras lo veía con esos escalofriantes ojos azules. “No, no nos hemos visto
nunca.” Respondió con voz gangosa y lúgubre. Se levantó y decidió volver a su
habitación.
En el trayecto,
escuchaba pasos a sus espaldas. Se giraba constantemente para no encontrar nada
detrás suyo, pero los pasos continuaban al voltear su cabeza.
En el ascensor, vio
al espejo que había dentro. De nuevo, su reflejo, años atrás, estaba ahí,
mientras una figura negra le acompañaba a su lado derecho. Era difícil notar su
rostro. Era aquella sombra que lo perseguía en sus sueños, que lo acechaba cada
noche.
Al abrirse la
puerta, salió corriendo a su habitación para tomar sus cosas y correr. Entró, y
en cada espejo, a sus lados, atrás, adelante, incluso arriba veía su reflejo
con aquella sombra que reía.
Estaba asustado, no
sabía qué hacer. En el espejo aparecieron también el hombre del bar y la mujer
del ascensor, riendo. Estaba desesperado.
Era cierto. Había
visto a esa mujer extraña y al hombre durante años en sus sueños, de la mano de
aquella sombra negra que le abrazaba por la espalda, que sonreía desde el
espejo, mientras lo señalaba.
Tomó un libro que
tenía en la cama y lo lanzó contra el espejo con fuerza. Hubo un estallido y el
espejo comenzó a fragmentarse. Aquella sombra se retorcía, mientras la extraña
mujer y el hombre sangraban por el pecho. El niño, por el contrario, iba
envejeciendo. Su pelo se acortó, su barba creció y su sonrisa floreció. Era él,
nuevamente. Aquél 1410 se desvanecía de las llaves. Todo había terminado.
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