Agonizaba
tirado en el nevado suelo, en medio de las ráfagas, los gritos, los sollozos
que se llenaban de muerte en cuestión de segundos. La miseria que inundaba los
ojos de los combatientes en el campo de batalla. Su sangre se derramaba, tornando
la nieve de color rojizo. Su alma se partía, abandonando su cuerpo con cada
intento de mantenerla dentro con la respiración agitada que provocaba la herida
que tenía en el pecho, atravesándole los pulmones. Pero más allá de sus
heridas, de su agonía, en sus ojos se escondía la tragedia que tuvo por vida.
En
una noche lluviosa de 1941 nace en el Kurdistán suroccidental, Siria, un niño
llamado Kegluneq. Aunque sus primeros años están totalmente ausentes en su
memoria, Kegluneq solo logra recordar la noche del 6 de Septiembre de 1946,
cuando fuerzas armadas rebeldes tomaban su aldea para defenderse de las
autoridades de la región, cobrando varias vidas en medio del intercambio.
Un
par de soldados, en medio del desespero, corrieron hacia el hogar del niño, donde
se encontraba acurrucado en su habitación, con su hermano de 3 años en sus
brazos, siguiendo las órdenes de sus padres de protegerlo cueste lo que cueste
y que jamás mirara atrás. Los
padres habían construido un refugio años atrás, debido a los constantes ataques
que ocurrían y temerosos de que la suerte no les sonriera, construyeron un
agujero bajo el suelo de madera que tenían y que ese fue el día en que la
necesidad fue total excusa para resguardar a sus hijos. Abrieron las tablas del
suelo, donde tenían un agujero que habían construido en prevención a los
constantes ataques, donde los escondieron. Pero esto no basto, y los hermanos
Kurdos fueron testigos de la masacre de sus padres. Acuchillados y fusilados
brutalmente, yacían los cuerpos justo encima de donde se hallaban escondidos,
sin permitirles salir por el peso de los cadáveres.
Los
días pasaron en medio del silencio fúnebre que llenaba la ya abandonada aldea,
con los hermanos aún debajo del suelo. Todos los días gritaban, esperando que
alguien apareciera, sin suerte alguna. Su hermano moría de hambre.
Kegluneq
comenzó a golpear las tablas, intentando con todas sus fuerzas sacar a su
hermano de allí. Lleno de ira, logró zafarlas, a la vez que la peste por la
podredumbre de los cuerpos sin vida de sus padres se elevaba, pero esto no lo
detuvo y continuó hasta lograr salir y sacar a rastras a su hermano menor,
dejando atrás los cuerpos, tal y como sus padres le ordenaron.
Día
tras día, cada aldea era atacada, desterrada de cualquier signo vital y los
hermanos eran testigos de la brutalidad que en su pueblo era llevada a cabo,
mientras los gobiernos pretendieron que no ocurría nada ante la miseria sucedida.
Fueron
criados en el campo de batalla. Los disparos, las sirenas y los gritos eran sus
cantos nocturnos. Cazados como si fueran perros día tras día, despojados de
todo escondite que hallaban. Ésa era sus vidas. Cada mañana se despertaban con
los amigos que lograban conseguir, asesinados. Kegluneq miraba el sol de la
mañana y rogaba que pudiera acabar el día con vida. Su hermano llamado Anguis,
se había convertido en un niño con temperamento fuerte, impulsivo, mientras que
Kegluneq, por el otro lado, se convirtió en un niño calmo, paciente y
observador.
Pero
a pesar de estas cualidades tan serenas, Kegluneq guardaba un tremendo rencor,
no solo a la violencia a la que ya estaba acostumbrado a vivir en su día a día,
ni a los gobiernos cegados por el temor, sino por su impotencia de no haber
logrado hacer algo para cambiar las cosas, del miedo a perder lo único que
tenía, su pequeño hermano.
El
día era rojo, la noche totalmente oscura. Hasta que un día, el sol de las
mañanas al que tanto rogaba, escuchó sus plegarias.
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