¿Cuánto
gané?, un efímero instante de felicidad. ¿Cuánto perdí?, el árbol de la vida
entera que tenía. Tanta vida succionada, tanta vida perdida…Tanta belleza a la
espera de ser percibida.
Todo
lo que olvidé, todo lo que soñé, marchitado ha estado desde que lo dejé, pero
hoy…hoy miro al espejo, y no veo nada más que un ansioso deseo de desempolvar
aquellos viejos anhelos y hacerlos brillar hasta cegarme en ellos.
Quiero
seguir soñando, quiero seguir amando, amando a la vida, amando sus regalos
constantes, pues de cada tropiezo en el que he caído, me he vuelto a levantar
cada vez más fuerte, pues no habrá ninguna fuerza absoluta que me traiga, ya
que permanecí gritando pero solo el silencio era escuchado.
Entre
más forzaba al destino, más me devolvía en el tiempo, pero hoy puedo gritar al
cielo eterno que soy el forjador de esta vida propia y he decidido ser feliz en
medio de sueños, sonrisas y un posible amor que jamás faltará.
A
los lectores que vean esto, no desistan. Siempre debemos caer, cegarnos para
volver a ver la luz. No retrocedan, el miedo se alimenta de la inseguridad a
tomar las decisiones. No duden, si no se lanzan del precipicio, jamás sabrán si
el trayecto fue una hermosa vista o una abrupta muerte. No hay nada que perder.
Nacimos solos en un hogar, un hogar que con el tiempo y con el pasar de las
experiencias olvidamos, olvidamos las esencias de nuestras vidas, de lo que
somos y acabamos abandonando aquel hogar, aquel origen, cuando es allá, en esas
cuatro paredes donde encontraremos que la felicidad está ahí, en nosotros,
nuestros sueños y no en lo que nos imponga la sociedad o bien personas
específicas.
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